SE QUEMO LA CASA DEL BOXEADOR RAYO RUIZ DIAZ

Ángel Ruiz Díaz perdió todo, pero no baja la guardia. "Tengo que ser fuerte", repite.


La historia del Rayo Ruiz Díaz, el boxeador al que se le incendió la casa y sólo pudo salvar su cinturón de campeón

El fuego ya había terminado con la casa vecina y empezaba a hacer lo mismo con la de su familia. Eran las cuatro de la mañana del domingo en la villa Cárcova, partido de San Martín, y Ángel Ruiz Díaz (25), en remera, boxer y descalzo, apenas alcanzó a sacar las seis garrafas que tenía para evitar que explotara todo. Sus familiares estaban afuera, viendo cómo el fuego se lo llevaba todo. En un momento, su suegra le gritó, desesperada: "Ángel, ¡el cinturón, el cinturón...!".


El Rayo no lo dudó. Entró, lo buscó en el comedor, a oscuras, lo descolgó y lo sacó. Gracias a ese cinturón, del título sudamericano ligero -obtenido en 2017-, entre otras cosas, había hecho el piso de material de esa casa. Fue lo único que pudo rescatar. El fuego se llevó todo lo demás. Hasta el kiosco del que vivía su familia, ubicado en el frente. Desde el lunes están viviendo en lo de una tía.


Todo había comenzado por una pelea de pareja entre sus vecinos. Ángel se despertó por los gritos. "Apagá eso, apagalo que nos vamos a quemar vivos", escuchó. A los segundos notó cómo el humo avanzaba. Salieron de la casa y oyeron a la pareja gritar desesperada. 
Decían no encontrar las llaves y no poder salir. Entonces, su suegro, se trepó por los techos y sacó un pedazo de chapa. Le acercaron una escalera y así la pareja pudo salvar su vida pero no su casa. Ni la de sus vecinos.

La historia del Rayo Ruiz Díaz, el boxeador al que se le incendió la casa y sólo pudo salvar su cinturón de campeón

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, Ruiz Díaz salió a correr. Lo hizo con la ropa que tenía en lo de su mamá. Pasado el mediodía, como todas las tardes, se subió a la bici y fue al basural a cielo abierto de José León Suárez. Se trajo algo de cobre y hormas de queso. A las 17 ya estaba en el gimnasio. El próximo 24 de marzo regresará al ring. Su récord es de 13 triunfos (10 KO) y 1 derrota.


"Si estoy en el gimnasio me olvido de todo -le cuenta a Clarín, con los ojos llorosos-. Estoy contento, me río. Cuando regreso al barrio y vuelvo a ver que no tengo más nada, el ánimo me cambia. Me bajonea, pero siento que me da más fuerzas para seguir. Tengo que ser fuerte. Así como superé mi adicción a las drogas, ahora tengo otro desafío. Son obstáculos de la vida, y no puedo decaer, sino pierdo".


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Las donaciones no tardaron en llegar, aunque de a poco. De sus vecinos, de sus amigos, de la gente del boxeo, de amigos de amigos de Facebook. El problema es que no tiene un móvil para retirarlas. Y que no es el único que perdió todo. Sus suegros, su mujer y sus hijos, también. La cooperativa del barrio le pidió que se encargue de conseguir materiales, que la mano de obra corre por cuenta de sus trabajadores. Así, busca recuperarse, en su nueva batalla.


Las drogas, otra pelea

Los Ruiz Díaz son del Chaco. Papá, mamá y sus seis hijos se mudaron a Buenos Aires cuando Ángel tenía dos años. Vivieron en distintas localidades, hasta que se instalaron en José León Suárez. En 2008, papá, que era camionero, se quedó sin trabajo y Ángel, con 15 años, empezó a cartonear.


El primer problema grande surgió el día que probó las drogas. Tenía 17 años. Empezó con el Poxiran, siguió con la marihuana, después con la cocaína. Más tarde fumó paco. Siempre para consumir más, a veces cirujeaba; otras veces robaba. Aunque aclara que sin violencia. Las cosas cambiaron a sus 19 años. Nació su hijo y jura que dejó todo lo malo. Ese año se anotó en boxeo. Entrenaba en el gimnasio de la casa de Raúl Gómez, su primer entrenador, quien le dijo: "Si querés ser alguien, tenés que venir todos los días". Y lo convenció.


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Sacó la licencia de boxeador amateur y metió 40 peleas, de las cuales perdió apenas cuatro. Durante los dos años como amateur, se ganó la vida en una cooperativa de reciclado. Trabajaba de 9 a 17. Después se cambiaba y se iba al gimnasio.


"A veces sentía que el físico no me daba. Tuve ganas de colgar los guantes; seguí por mi familia, que oraba mucho por mí, y por mi fe. Si tenés fe y le ponés garra y pasión a lo que hacés, podés lograr lo que te propongas. El boxeo me fortalecía, me generaba buenas energías. Yo aspiraba a ser boxeador profesional y pelear por la televisión. Quería eso, que me conozcan; que se sepa que soy un pibe de una villa, que salí de las drogas. Que ya no tengo más la mente sucia".


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Se hizo profesional a los 21 y debutó con un KO, en el segundo round. Ya había empezado a vivir del boxeo. En la segunda pelea ganó por puntos, de visitante, y Cristian "Maravilla" Rodríguez, del equipo del Chino Maidana, se fijó en él y empezó a entrenarlo. En su cuarta pelea y triunfo, se le acercó el reconocido promotor Mario Arano. En la quinta cumplió su sueño de pelear por la televisión, y ganó por KO.


Su decimasegunda pelea fue en San Luis, por el título sudamericano. En el pesaje de la velada conoció a Oscar de la Hoya. "Me contaron que tú eres bueno...", dice que le dijo. Ganó y con la bolsa pudo darse algunos pequeños lujos: le regaló una parte a su mamá, hizo el piso de material de su casa y salió a pasear con sus hijos: los llevó al cine, a comer afuera, les compró juguetes. "Con el boxeo les pude dar lo que mis papás no me habían podido dar", dice, apoyado sobre el ring de la Sociedad de Fomento Honor y Patria.



Su carrera, el título y después


En septiembre del 2017 perdió el título y su invicto, en su primera defensa. Su última pelea y regreso al triunfo fue en diciembre, en Córdoba. Allí comenzaron los problemas: sus sponsors se fueron de vacaciones y le fue imposible contactarlos. Desde ese día, todas las tardes, se sube a la bicicleta y busca comida o cobre para vender en el CEAMSE, el basural a cielo abierto de su barrio, junto a otros cien vecinos. Las autoridades les dan una hora para buscar comida o lo que les sirva para sobrevivir.


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"En pleno verano el olor de la basura es impresionante", explica. "Trato de cuidarme mucho las manos: sé que revolviendo la basura me puedo cortar o pinchar con algo y son mi herramienta de trabajo. No me da vergüenza hacerlo; vuelvo a casa contento, orando. Sé que a mi familia nunca le va a faltar para comer".


Los días malos en el basural pide fiado en los comercios del barrio, aclarando que pagará con la bolsa de la próxima pelea. Los mediodías que no tienen sobras de la cena, su mujer y sus hijos van a lo de su mamá, o les piden a los vecinos. Los mismos que lo vieron drogarse en las esquinas y, a los años, traer un cinturón al barrio. Es la misma gente que ya le consiguió una cama, un televisor, un ventilador, bolsas de ropa. Ya le prometieron materiales y le aseguraron que le levantarán la casa en el mismo lugar, sin poner un peso de mano de obra.


La historia del Rayo Ruiz Díaz, el boxeador al que se le incendió la casa y sólo pudo salvar su cinturón de campeón

"Estoy en un buen momento en lo que es mi carrera y en uno malo en lo que es la vida. Claro que me bajonea lo que me pasó. Pero vengo de abajo y me hago fuerte en las malas. Quiero salir adelante, ser alguien. Si le gané a las drogas, le puedo ganar a lo que sea", concluye.
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